Esperanza en Haití: las personas que viven en la extrema pobreza nos invitan a establecer nuevas relaciones

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Mensaje de Eugen Brand, Delegado General del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo 12 de enero de 2011

Es verdad, que solo hay una pequeña parte de los desperdicios que ha sido retirada. Más de un millón de damnificados y muchas otras personas en situación de extrema pobreza viven aún en condiciones inhumana, inaceptables. ¿Pero de qué sirve repetir esto a lo largo de artículos y de tribunas si no llegamos a sacar algunas lecciones de esta situación?

Observar lo que frente a nosotros no funciona bien, no debería impedirnos ver los innumerables esfuerzos de unos y de otros. Aquello de todos los pobres del país que despliegan cada día tesoros de valor e ingeniosidad para vivir, para ayudarse mutuamente, resistir a la violencia y pretender sobre todo dar un futuro a sus niños. Aquellos de una parte de los poderes públicos y de numerosos haitianos que quieren creer en su país y luchan para frenar el cólera, reconstruir la universidad, apoyar a los campesinos, reconstruir una vida cultural, crear el sistema oficial. Aquellos entre los miembros de las ONG, de instituciones internacionales y de numerosos países que creen en la reconstrucción, recolectan dinero, pretenden constituir verdaderas asociaciones con personas y organismos del país. Los numerosos ciudadanos del mundo que continúan llevando a la población de Haití en su corazón y sus preocupaciones y se pregunta como expresar su compasión y su solidaridad.

Todos estos esfuerzos parecen a simple vista ineficaces: muchos viven en una gran precariedad, demasiada violencia atraviesa al país y muchos de los proyectos no se concretizan. ¿Por qué? ¿Qué podemos aprender de la situación para lograr un día cambiarla?

  • En primer lugar, un poco de humildad. Nosotros, la comunidad internacional, no hemos sabido hacer frente a la situación. Nos precipitamos, con una buena voluntad real o creada, pero fuimos incapaces de entrar en un verdadero diálogo con este país y de responder a las necesidades inmediatas de los haitianos sobre como salir de la urgencia para empezar con ellos la reconstrucción. Y es, lamentablemente, la consecuencia de una larga historia.
  • Observar de frente la ambigüedad de nuestras inversiones. Demasiados países, incluso ONG, pretenden tanto defender sus derechos como ayudar. Al querer imponer nuestras empresas y nuestros productos - preocupados por preservar nuestro nivel de vida, dejamos que el dinero y las finanzas dominen las relaciones entre los países y envicien las acciones comprometidas.
  • Comprender que el respeto de los derechos humanos para todos es la única brújula que puede guiar nuestras acciones, ya sea que estemos en la urgencia o en los proyectos de desarrollo. Liberarse de ellos una vez o para un único hombre, es cuestionarlos profundamente para todos.
  • Aprender a encontrarnos y a tratarnos con respeto. ¿Como actuar mancomunadamente cuando algunos no se sienten realmente respetados? No es más posible en Haití que aquí en Francia… Es necesario por fin oír a las personas y al pueblo que se lamenta por sentirse humillado en las relaciones que se les impone de hecho. Es esto lo que dicen muchos haitianos, y allí también, desde hace tiempo, preguntándose si las grandes potencias y las organizaciones internacionales jamás han aceptado realmente su independencia.
  • Y luego, debemos por fin tener confianza en las capacidades de cada uno, en este caso de los haitianos y del más pobre entre ellos. En Haití, como en casi todas las situaciones de gran pobreza, se piensan, se realizan y se evalúan los proyectos, sin una verdadera asociación con las personas interesadas. Sin embargo, ellas luchan diariamente con una experiencia y un pensamiento de los proyectos. En los barrios aislados de Puerto Príncipe y las zonas rurales donde nos encontramos [1] , los habitantes no solo reaccionaron a la desdicha con dignidad, inteligencia y solidaridad. Rápidamente, expresaron sus ideas y sus deseos para la reconstrucción de su barrio como de su país, para una reconstrucción basada en un nuevo vivir en comunidad, soluciones socio-económicas y estatales coherentes y a largo plazo. ¿Pero quien los escucha? ¿Quién piensa y actúa con ellos? ¿Quién pretende apoyarse en estos jóvenes cuya energía y sueños son enormes, pero inutilizados?

El sufrimiento de Haití y de sus habitantes no terminará de la noche a la mañana. Al menos podemos esperar más bien que de los lamentos desalentadores, se produzca por fin una toma de conciencia sobre lo que somos y lo que hacemos. Nuestras relaciones con los otros, y con el pueblo haitiano son muy a menudo envenenadas por nuestra ignorancia, nuestra suficiencia y nuestros intereses secretos. Los más pobres de este país y del mundo entero nos conducen a relaciones humanas donde el respeto de cada uno y su posibilidad de aportar toda su contribución son la base del encuentro y de los proyectos realizados en conjunto.

Es aquí donde Haití nos espera en el centro de la urgencia y en la duración.

[1] El Movimiento ATD Cuarto Mundo está presente en Haití desde hace treinta años.

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Allí donde hay hombres condenados a vivir en la miseria, los derechos humanos son violados.
Unirse para hacerlos respetar es un deber sagrado.

Joseph Wresinski

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